Uno de los momentos más alegres de mi vida me lo dió él, cuando lo fui a ver al hospital en vísperas de una operación causada por una de tantas riñas. Recuerdo haberlo visto ahí en la cama, aprisionado y casi destruido, con los ojos hundidos y rogándome que lo sacara de ahí. No pude negarme. Fui hasta su casa, le busqué un poco de ropa y se la llevé. Ahí salimos corriendo, como niños, como presos liberados, como victoriosos frente a las malditas enfermeras, médicos y familiares burocráticos. Fue de los pocos momentos en que pude acercarme a lo que era su gran libertad, su gran integridad, su maravillosa felicidad.
Hace no mucho desapareció, nadie lo ha visto, ni sus hijos, ni sus amigos, incluso ya está su rostro en afiches de gente desaparecida y hemos pegado fotocopias en las calles del vecindario y en otros vecindarios. Ojalà que vuelva, ojalá que pueda iluminar mi corazón con su gloriosa luz, aunque a veces pienso que es mejor que se haya ido así, con miles de finales posibles, en lugar de terminar sus años en una cama de hospital, con una vida miserable como la mía.
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